Camino del Chumacero y La Miera

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Distancia9,5 KmsDuración2 horas y media

El día ha salido tristón. Un 13 de Agosto, con el verano que llevamos, se presupone como extremadamente caluroso. Después de haber disfrutado de un largo y tórrido Julio con temperaturas extremas, que Agosto se coja algunos días de vacaciones y salga un día con temperatura máxima de 28 grados es una bendición. Después de una noche espectacular con decenas de estrellas fugaces de las Perseidas recorriendo el cielo que nos cobija en Nidos del Buitre, hoy es una excelente oportunidad para hacer la ruta que cruza hasta el manantial del Chumacero, y después volver a La Fontañera a través de La Miera.

Bajamos hasta el cruce de El Canchoso, y seguimos cien metros por la carretera hasta una señal de La Junta de Extremadura que indica zona de dólmenes a la derecha. Hay un estrecho camino de tierra con una pequeña cuesta hacia arriba. A unos cincuenta metros encontramos una derivación a la izquierda, con una indicación de madera con “contrabando” grabado.

 

El camino se muestra asilvestrado, con maleza decorando hermosamente las piedras que hacen de calzada. Es una zona con algún transito esporádico. Hay una senda entre la hierba seca ocasionada por el paso de los transeúntes. Es muy recomendable, como siempre, que utilicéis botas de montaña, calcetines y chándal o pantalón largo. También resulta imprescindible llevar una botella de agua o cantimplora. El camino, aunque no es muy exigente, obliga de cuando en cuando a refrescar la garganta.

Unos minutos después de haber empezado a transitar la senda que transcurre entre centenarios muros de piedra, nos sumergimos en un viaje mágico en el tiempo. Estos parajes permanecen inalterables desde hace muchísimos años. La imaginación traiciona a la mente, y la mirada busca en el horizonte algún campesino acompañado de su mula, llevando al molino las aceitunas recién recogidas de los olivos.

Algunos buitres nos vigilan desde las alturas, realizando su habitual ronda para encontrar alimentos. Aunque hace unos años esta ruta fue limpiada de maleza y zarzas, la naturaleza prodigiosa de estos parajes se recupera con inusitada rapidez y hay algunas zonas donde debemos tener especial cuidado para no dejarnos atrapar por las espinas de los zarzales. Los helechos rivalizan para tapizar el terreno en los tramos donde las piedras no tapizan el terreno.

Encontraremos alcornoques centenarios que nos regalan su sombra, y conviene parar bajo ellos y observar el hermoso paisaje. El silencio solo es roto por el silbido del viento al mecer las hojas de los arboles, y te sientes tentado de acariciar la hierba alta al modo en el que Russell Crowe se aproxima al Elíseo. Es hermosa esta tierra.

En esta época del año, las zarzas nos regalan su más preciado fruto. Millones de moras, de todos los tamaños y calibres, cuelgan en racimos escondidos entre las afiladísimas espinas. El dulce fruto es una tentación al alcance de la mano, pero debemos extremar la precaución. Cualquier resbalón cuando estamos recogiendo las moras puede resultar inolvidable … El peligro siempre acecha junto al delicioso fruto del pecado!

Poco a poco el terreno se va empinando y nos adentramos en la cuesta que nos llevará al cerro desde donde veremos la fabrica de envasado de agua del Chumacero. Rodearemos todo el contorno de la fabrica siguiendo su alambrada, y al llegar a un camino de tierra cogeremos el ramal de la izquierda. A la derecha sigue otra ruta diferente que podemos hacer otro día.

El camino de tierra acaba incorporándose a la estrecha carretera perfilada por los omnipresentes muros de piedra, salpicados de cientos de zarzales que siguen ofreciéndonos su suculentos frutos. Después de unos cientos de metros, nos incorporamos a la carretera que cruza esta parte de la campiña de Valencia de Alcántara. El paisaje cambia sensiblemente. Dejamos atrás los cerros y altos que hemos atravesado desde Nidos del Buitre, y nos adentramos en una llanura donde las explotaciones ganaderas se alternan con alcornoques. Esta parte del trayecto es bastante cómoda de transitar.

En un pequeño puente podemos apreciar el cauce ahora semiseco del regato de La Miera. En Invierno y Primavera, cuando las lluvias llenan gran parte de los días, el agua bajará con fuerza y alegría, tapizando de hermosos verdes todos los terrenos aledaños al cauce. Es en esos meses húmedos cuando la campiña de Valencia de Alcántara parece viajar al norte y apoderarse de las tierras altas escocesas. El musgo invade todas las piedras, y los atardeceres malvas convierten estos ahora secos parajes en un lugar que difícilmente se olvida. El silencio, la paz, el recogimiento interior cerca de una buena estufa o chimenea ejercen una fuerza mágica sobre los visitantes de estas tierras.

Llegaremos al cruce que marca el camino hacia La Fontañera y El Prado. Algunas casitas decoran el camino, agarradas a los inmensos lanchos que llevan en los mismo lugares desde la última glaciación. Solo el poder de arrastre de las devastadoras lenguas de hielo pudieron forjar estos paisajes. Granito sobre granito para dejar las piedras casi pulidas. Y después, la naturaleza salvaje conquistando de nuevo cada trozito de terreno para crear una dehesa donde animales y humanos pululan desde hace decenas de miles de años.

El regato de la Miera se deja ver de cuando en cuando en la vertiente izquierda de nuestra ruta. Pequeños huertos ayudan con sus frutos a la economía de los lugareños, en su mayor parte metidos en una tercera edad que se antoja más cómoda que en sus años mozos, cuando los estragos de la guerra civil azotaban España y muy especialmente estos lugares muchas veces abandonados a su suerte. Algunos grupos de ovejas y cabras pastan monótonamente los secos campos.

Al llegar a La Miera podemos adentrarnos en la calle que forman las 8 ó 10 casas de este caserío para asomarnos de nuevo a su regato. Unos bloques de gratino hacen las veces de improvisado puente para atravesar la corriente. En las noches de verano las ranas tocan su sinfonía de amor, y el frescor del agua hace bajar la temperatura de este pequeño rincón.

Volveremos a coger el tramo izquierdo de la carretera sinuosa. Poco a poco el asfalto coge pendiente y los casi 10 kilómetros que han recorrido nuestras piernas comienzan a pesar. Ya estamos cerca del final de esta estupenda ruta. Pasaremos al lado de un gran castaño que ya empieza a mostrar las castañas en sus vainas. Aún quedan meses para que el suelo se llene de frutos y hojas. Algún perro puede salir ladrando desde las casas que bordean la carretera. No hay que alarmarse, algunos ladridos para marcar territorio y saludar al caminante y de nuevo parten rumbo a las viviendas.

Pegado al asfalto, de nuevo el tótem publicitario de “Zona de Dólmenes”, y después de superar una curva cerrada a derechas, veremos el majestuoso skyline de Marvao en la distancia. El camino de tierra del Canchoso, diminuta aldea de 7 casas, ahora nos queda a la derecha. Seguimos por la carretera que poco a poco empieza a bordear el Lancho Abruñeiro. Llegamos a La Fontañera, que ahora disfrutaremos con otros ojos…

Nos espera Nidos del Buitre, donde refrescarnos y descansar en alguna de las terrazas y tumbonas repartidas por el pequeño bosque de alcornoques. El camino y el esfuerzo han merecido la pena, ahora toca reimaginar lo vivido y recordar los detalles que nos mantienen alegres y con ganas de más.

Desconecta. Siente. Vive.

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Esta entrada ha sido publicada el agosto 5, 2020.Ha sido archivada debajo:Rutas.